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RECOLECTURAS – La vida ante sí

Hoy en nuestra sección un libro que bien podría considerarse un clásico y que destila mucha humanidad y belleza, La vida ante sí de Émile Ajar.

Momo, un niño musulmán huérfano, cuenta su estremecedora historia al lado de la señora Rosa, una anciana judía superviviente de Auschwitz, que acoge a los hijos de las prostitutas («Chiquillos que no habían podido abortarse a tiempo y que no eran necesarios») en su pensión clandestina en Belleville, suburbio parisino. Aquí malviven emigrantes ilegales y toda suerte de perdedores. Momo no tiene a nadie en el mundo y, cuando se entera de que la señora Rosa padece una enfermedad, intenta luchar contra la decrepitud que va consumiendo a la vieja prostituta, a pesar de los cuidados que le prodigan la señora Lola, un travesti ex boxeador senegalés y el señor Walouma, un barrendero de Camerún. A través de la mirada de Momo, enfrentado prematuramente a la crudeza de la vida, el lector se sumerge en las reflexiones de un niño que habla de su mundo, del racismo, de la soledad y del miedo: «Para tener miedo no hace falta motivo», con una rara mezcla de humor, ingenuidad y ternura.

¿Cómo se puede hablar de hechos tan dramáticos y protagonizados por los sectores más desfavorecidos de la sociedad  y aún así resultar una historia conmovedora y de una belleza sublime? Se consigue con la voz de un niño, pero un niño con un corazón y una sensibilidad fuera de lo común: «Tú nunca has sido un niño como los demás, Momo. Y no serás tampoco un hombre como los demás. Unas veces eso da grandes poetas, escritores… Otras veces, revolucionarios».

Como él mismo dice: «Nunca fui demasiado joven para nada». Es difícil ser niño cuando tus circunstancias son tan dramáticas: «Yo no soy su hijo y tampoco soy una criatura. Soy un hijo de puta y mi padre mató a mi madre y cuando se sabe eso ya se sabe todo y uno deja de ser un niño» Pero a Momo se le quiere, quizás por esa forma de ver la vida, con ese punto naif que hace que nos sonriamos en numerosas ocasiones. Le llama la atención Banania, un niño negro que está siempre feliz y dice que «nunca ha visto a un negro contento con motivo». Sobre su origen dice: «Durante mucho tiempo no supe que era árabe porque nadie me había insultado todavía». Momo piensa que vivir en casa de la señora Rosa es triste, aún estando acostumbrado y que «los judíos son muy tozudos, más cuando van a ser exterminados». Sobre la gordura de la señora Rosa, piensa que cuando anda es como una mudanza.

Pero Momo no es sólo lo que dice, con ese punto de inocencia y sabiduría; son sobre todo sus acciones las que lo determinan. Tiene un corazón enorme que lo conduce por la vida de manera coherente y bondadosa, que sale a relucir en multitud de ocasiones, en especial durante la enfermedad de la señora Rosa. Todos los vecinos se vuelcan con ella: «La muerte da importancia a las personas y cuando se acerca se las respeta más». Pero la señora Rosa lo que necesita es el cariño incondicional de Momo, al que siente como su hijo y Momo le responde como el hijo que nunca tuvo, ese amor que se tienen les sostiene. La señora Rosa le tiene pánico a ir al hospital: «No hay nada peor que embucharles la vida a la fuerza a personas que no pueden valerse y que no quieren seguir viviendo. Si la señora Rosa hubiera sido un perro la abrían aviado hace tiempo, pero la gente es más buena con los perros que con las personas humanas». Momo siempre está ahí, haciéndole más fácil la última etapa de su vida.

El resultado de todo esto es una novela de una notable grandeza humana y belleza literaria, con la que Romain Gary obtuvo por segunda vez el premio Goncourt en 1975, en este caso con el pseudónimo Émile Ajar. Moshe Mizhari dirigió una película basada en esta novela, estrenada en España como Madame Rosa y protagonizada por Simone Signoret, que obtuvo el Oscar a la mejor película extranjera en el año 1977.

Todo un descubrimiento que me hizo una usuaria a la que desde aquí doy las gracias.

Romain Gary (Émile Ajar) nació en Moscú en 1914 y posteriormente emigraría a Francia con su familia. Publicó su primera novela, Una educación europea, en 1945. Ese mismo año entró en el cuerpo diplomático. Tras residir en ciudades como Sofía, La Paz o Los Ángeles, regresó a París con su esposa la actriz Jean Seberg. Autor de títulos destacados como Las raíces del cielo (premio Goncourt en 1956), La promesa del alba, Los pájaros van a morir a Perú o Perro blanco. Humanista y convencido defensor de los «valores verdaderos», se suicidó en 1980.

 

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RECOLECTURAS – El Paraíso de las Damas

Hoy en nuestra sección una novela del escritor francés, padre del naturalismo, Émile Zola, El Paraíso de las Damas.

Denise es una  joven huérfana de 20 años que se traslada desde Valognes, su ciudad natal, hasta París, para trabajar en la tienda de su tío Baudu, propietario de la pañería El viejo Elbeuf. Con ella viajan sus dos hermanos: Jean de dieciséis años, y Pépé de cinco.

Lo primero que ve Denise nada más llegar a la plaza Gaillon, donde vive su tío, es El Paraíso de las Damas: «Aquellos almacenes con los que se topaba inesperadamente, aquel comercio que tan grande se le antojaba, le henchían el corazón y le atraían, aislándola de cuanto la rodeaba, presa de una emoción y de una curiosidad intensas». En ese momento desconoce que la situación precaria de su tío hará que termine trabajando en dichos almacenes, para enojo de Baudu que vive obsesionado y encolerizado por el coloso que está destruyendo el comercio tradicional en el barrio.

Los comienzos en las galerías serán muy duros. Entra a trabajar en la sección de confección, donde es la primera encargada la señora Aurélie, siendo flanco de los desprecios por parte de sus compañeras, que se aprovechan de ella por ser la última en llegar y ser tan «poquita cosa», incluso la apodan «la desgreñada», en alusión a su abundante cabellera de color rubio cenizo, rasgo que le caracteriza. Denise se convierte en la cenicienta del departamento. A esto, se le une además, el «miedo» que le produce Octave Mouret, dueño y señor de las galerías.

Mouret tiene como única pasión la de imponerse a la mujer. Quiere que sea la reina de su casa, le construye aquel templo para tenerla a su merced en él. En eso consiste su táctica, en embriagarla con galantes atenciones para poder traficar con sus deseos y explotar sus febriles impulso: «¿Es que acaso no pertenece París a las mujeres y las mujeres a nosotros?». Para ello utiliza sus mejores armas, seduciendo y embaucando para su empresa al barón Hartmann (trasunto a mi parecer del barón Hausmann), del que necesita su dinero, como integrante del Banco de Crédito Inmobiliario, para su sueño de expansión. Sueño que logra con tesón, ambición y riesgo: Al fin estaba concluido el palacio, el templo dedicado al culto de los locos despilfarros de la moda.

El Paraíso de las Damas es un magnífico estudio sobre las repercusiones sociales que tuvo el nacimiento de los grandes almacenes como símbolo de la nueva economía. Además de cambiar el modelo de negocio tal como se conocía hasta entonces, estamos hablando de París a mediados del siglo XIX, también vemos el impacto urbanístico de este tipo de galerías, modificando el entorno en el que se desarrollan.

Es increíble lo moderna que resulta si tenemos en cuenta que los grandes almacenes tal y como los conocemos hoy, pongamos por ejemplo El corte inglés, apenas han cambiado a los existentes en París a mediados del siglo XIX (Zola se documentó en El Louvre y El Económico, también mencionados en la novela).

La creación de nuevos departamentos y su ubicación, la renovación constante del capital, las devoluciones y rebajas, mejoras sociales para los trabajadores (no eran ya todos ellos sino engranajes que arrastraba consigo la máquina en marcha, obligándolos a abdicar de su personalidad, limitándose a sumar sus fuerzas en un anodino y poderoso falansterio), precursoras de lo que hoy conocemos como Seguridad Social, el poder de la propaganda, el escaparatismo; incluso el servicio de expedición, al que podríamos considerar el actual  Amazon. Todo está inventado, simplemente han cambiado las herramientas.

Sin embargo, lo que para unos es sinónimo de prosperidad, para otros se convierte en desgracia. El vendaval del siglo iba sembrando el triunfo de las ciudades obreras e industriales y llevándose el ruinoso edificio de las edades antiguas. Toda revolución exigía mártires, la salud del París de mañana precisaba de aquel estiércol de desdichas. ¿Cómo dar la espalda al progreso? Mouret no sentía remordimiento alguno; se limitaba a cumplir con el cometido de su época; y Denise lo sabía muy bien, porque amaba la vida, y tenía pasión por los negocios de alcance. Estaba en secreto a favor de los grandes almacenes porque se lo dictaba su amor instintivo por la lógica y la vida, aunque esto produjera sentimientos encontrados.

Esta es una novela de triunfos, la del comercio moderno y la de la mujer sencilla frente al hombre mujeriego y despótico: «Ya vendrá la mujer que las vengará a todas», en palabras del barón Hartmann. Y sí, Denise llegó. Aquella chiquilla de zapatones, raído vestido negro y aire esquivo, poseía  todo lo bueno que existe en la mujer: el coraje, la alegría, la sencillez; y de su dulzura brotaba un encanto tan penetrante y sutil como un perfume. Por su misma dulzura se había hecho con una autoridad absoluta, ya no sólo frente a Mouret, sino frente a todos los empleados que en un principio estaban en su contra. Muchas de las mejoras introducidas en la empresa es gracias a ella y, como ella misma dice, quiere convertir a Mouret en un hombre cabal. ¿Lo conseguirá?

El paraíso de las damas, forma parte del ciclo de Les Rougon-Macquart, que empezó en 1871 y concluyó en 1893, una serie de veinte novelas cuyo propósito era trazar la «historia natural y social de una familia bajo el Segundo Imperio (comprendido entre 1852 y 1870). Se le considera una de sus novelas más optimistas, algo atípico en el autor.

Personalmente me ha gustado mucho. Quizás es demasiado abundante en sus descripciones, y puede llegar a cansar; pero si tenemos en cuenta que esta novela se publicó en 1883 cuando no existía la televisión, internet y demás, es la única forma de imaginar cómo eran estos establecimientos. Además os aseguro que vais a aprender mucho sobre tejidos (muchas veces tenía que tirar de diccionario), colores (hay dos páginas describiendo las tonalidades del color blanco), cómo se gestionan estos centros comerciales, markéting, publicidad, relaciones laborales…, y también tiene una historia de amor muy potente que no se resuelve hasta el final.

Émile Zola (París, 1840 – 1902) Novelista francés, teórico y máximo representante del naturalismo. Émile Zola fue el impulsor de la «novela experimental», es decir, de una narrativa planteada como un experimento sociológico destinado no a reflejar la realidad contemporánea (como la novela realista), sino a explicar las causas de los males sociales desde postulados positivistas (la herencia, el medio) con el fin de contribuir a su reforma y progreso. De ahí que la novela naturalista se centrase a menudo en el examen de las lacras sociales (alcoholismo, prostitución, delincuencia) sin rehuir la sordidez, con el consiguiente escándalo para la sociedad biempensante. La influencia de sus ideas y de su praxis narrativa marcó la literatura europea durante al menos las dos décadas de auge del naturalismo (1880-1900). (https://www.biografiasyvidas.com/biografia/z/zola.htm).

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CINEMA PARADISO – La clase


Recientemente ha empezado un nuevo curso escolar y desde la biblioteca hemos querido rendir un homenaje a la educación y especialmente a los educadores,  y lo hemos querido hacer con una nueva mesa temática sobre “la educación en la literatura y en el cine”, ofreciendo una selección de libros y películas que tienen la educación como tema. Y por tanto, esta semana voy a reseñar una película que me parece que encaja muy bien con este asunto y que me llamó mucho la atención cuando la vi hace ya algunos años. Es de esas películas que dejan poso, que te hacen pensar cuando terminas de verla.

Se trata de “La Clase”, una magnífica película sobre el mundo de la educación escolar, galardonada con la Palma de Oro de Cannes en el año 2008. Está basada en el libro de Francois Bégadeau, un profesor que recogió en él algunas de las experiencias profesionales de su vida en las aulas. El autor del libro es al mismo tiempo coguionista de la película y también actor, ya que se interpreta a sí mismo en el papel de profesor.

El tono de la cinta es bastante realista y el marco de la acción es un instituto conflictivo de París donde, debido a la  multiculturalidad vigente, conviven chicas y chicos de procedencia muy diversa, África negra, el Magreb, China… François es profesor de lengua, pero sus clases no se limitan a enseñar el uso correcto del francés, sino que son una continua conversación con los alumnos, donde éstos van a ser dirigidos por su profesor  a pensar, a razonar sus ideas y a expresar con argumentos  por qué mantienen un determinado punto de vista. La relación no es perfecta, hay alumnos que responden mejor que otros. Algunos se niegan a responder a las preguntas del profesor, ya que esto implica darse a conocer, y muchos  pueden no estar dispuestos a hacerlo, al menos de momento. Otros hacen el tonto, mantienen una actitud pasiva, se distraen… Pero ese es el reto para François, motivarles un día tras otro, tratarles con respeto para conseguir sacar lo mejor de ellos.

Se trata de un marco muy familiar para nosotros a día de hoy, el de la multiculturalidad que tan presente está en nuestros centros educativos, en nuestra vida.

El cine francés tiene una interesante tradición en abordar el tema de la educación de modo bastante sugerente.  Basta pensar en títulos como Hoy empieza todo y Ser y tener. Además, formando parte de otra tradición muy relacionada con la anterior de enseñar cine en las aulas, tiene cabida el viaje inverso, enseñar la educación en las pantallas.

Cantet, Bégaudeau y Robin Campillo han sabido articular una trama muy realista y natural. Verdaderamente se tiene la sensación de ser una especie de cámara oculta, testigo de lo que acontece en las clases, o en las reuniones de profesores.

Hay una determinación  de que todo lo que muestra la película transcurra dentro de los muros del instituto; nada veremos de lo que pasa fuera. Y esto, lejos de ocultar el resto de la vida de los personajes, sirve para mostrar mejor lo que ocurre en las clases y la influencia bidireccional que puede tener lo que pasa dentro y lo que pasa o se intuye que pasa fuera de ellas.  Se trata de una forma muy  eficaz de enseñar cómo lo del exterior repercute en el interior, como por ejemplo, la anunciada expulsión de Francia del padre de Wei, un alumno chino, o el comportamiento en casa de Souleymaine, un chico sometido a un consejo disciplinario.

No se tiene la sensación de estar ante un film consciente y aburridamente pedagógico, sino que todo parece emocionante, muy estimulante, con lugar para las sorpresas, como esa alumna que, ante el estupor de su profesor, declara haber leído “La República” de Platón en su tiempo libre, lo que además supone un homenaje a la manera de entender la pedagogía del maestro.

La película cuenta con unas interpretaciones tremendamente naturales. El director organizó un taller con los alumnos de un instituto, y logró que de los 50 asistentes iniciales, 25 siguieran comprometidos con su proyecto cuando arrancó el rodaje. Lo cierto es que el desarrollo de cada clase es atractivo, y que los chicos resultan creíbles.   Afirma Cantet que el planteamiento de muchas escenas, rodadas con tres cámaras digitales para captar al profesor, al alumno principal, y al resto de la clase, era como un partido de tenis, un intercambio de raquetazos donde cualquiera podía resultar más o menos vencedor, y tal enfoque, la verdad es que funciona muy bien. También es un acierto mostrar la fragilidad del profesor quien, a pesar de sus buenas intenciones, también puede equivocarse o encontrarse sin respuesta ante un alumno. El reto es no tirar la toalla, seguir adelante con la loable meta de formar bien a los chicos que están a su cargo, que en definitiva representan el futuro, y dependiendo de la formación que se les proporcione a esos chicos, tendremos un futuro mejor o peor.

Es una película que no podemos dejar de ver, imprescindible porque trata temas fundamentales en nuestra sociedad a día de hoy al tiempo que aborda el problema que ha surgido recientemente con el sistema educativo  y además nos hace partícipes de la comunicación de unos muchachos en su escuela, logrando que empaticemos con ellos y, advirtiéndonos que si alguien no pone fin a este descalabro, esos muchachos que ahora sólo son mentes impulsivas y descontroladas, quien sabe hasta qué punto pueden llegar.

La podéis encontrar como siempre en la biblioteca DVD PE 3204

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RECOLECTURAS – La levedad

¿Qué fue de la levedad?

Hoy en nuestra sección una novela gráfica, La levedad de Catherine Meurisse.

El 7 de enero de 2015 el semanario satírico francés, Charlie Hebdo, sufrió un atentado terrorista a manos de los hermanos Saïd y Chérif Kouachi (pertenecientes a la rama de Al-Qaeda en Yemen). En el atentado murieron 12 personas, y otras 11 resultaron heridas.

Ese día, la alarma del despertador de la dibujante Catherine Meurisse no sonó, haciendo que llegara tarde a la reunión del equipo de diseñadores de la revista Charlie Hebdo.

Este descuido le salvó la vida, pero no la libró, como al resto de los supervivientes del fatídico atentado contra la sede de la publicación, de afrontar la violencia de un terrible suceso que la dejó sin amigos, maestros, mentores y, de paso, sin inocencia. Decidida a encontrar un nuevo punto de partida, la autora, que ha perdido casi todos sus apoyos, emprende, en medio del caos y la aridez estética que siguió a aquellos días, un viaje en busca de lo contrario: la belleza: «Buscar el síndrome de Stendhal para anular el del 7 de enero».

Esta novela gráfica es el testimonio de esa búsqueda, un refugio contra la necedad humana, pero también una celebración de la belleza y del arte de crear. Refugio que encuentra en Villa Médici en Roma (sede de la Academia de Francia en Roma y donde desde su creación, en el siglo XVIII, cada año acoge a artistas becados: músico, escritores, pintores, creadores plásticos, diseñadores…), donde el álbum de Caherine alza el vuelo.

«¿Para qué buscar el síndrome de Stendhal? Al fin lo he experimentado pero al revés. Primero el desvanecimiento interior, después, al despertar, la obsesión por la belleza… Alejado ya el caos, la razón se reanima y se recupera el equilibrio junto con la percepción. Veo con menor intensidad, pero recuerdo lo que he visto. Confío en permanecer despierta, atenta a cualquier signo de belleza. Esta belleza que me salva, devolviéndome  LA LEVEDAD».

Catherine MeurisseNació en 1980 en Niort (Deux-Sèvres). En 2005, tras licenciarse en Lenguas Modernas e Historia del Arte, pasó a formar parte del equipo de ilustradores de la prestigiosa revista satírica Charlie Hebdo, revista en la que se mantuvo desde los 25 años, cuando fue contratada, hasta los 35, cuando ocurrió el atentado que le marcó la vida.

Para Catherine, el toque Charlie Hebdo es reírse de lo absurdo de la vida, divertirse en compañía para no tener miedo de nada, sobre todo no temer a la muerte. Y con ese sentido del humor, sin obviar el dramatismo de los hechos vividos, es como ella se enfrenta a esta historia.

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RECOLECTURAS – No me dejes

TODOS TENEMOS UNA HISTORIA QUE MERECE SER CONTADA

Hoy en nuestra sección un libro «bonito», de esos que podríamos catalogar como para todos los públicos y que te dejan un buen sabor de boca: No me dejes (Ne me quitte pas), de Màxim Huerta.

«Al señor Dominique Brulé le gusta llegar de noche a su floristería. Siempre cierra los ojos antes de encender las luces y les da un tiempo a sus plantas para que se coloquen porque imagina que han estado toda la noche mezclándose unas con otras. Nunca las pilla en movimiento, un día sucederá. Cuando inauguró la tienda pensó encerrarse y dejarse morir, pero al ver que las tímidas siemprevivas sobrevivían sin agua después de semanas sin atención alguna, se dio cuenta de que él también podría vivir sin su amor».

Estamos en París, más concretamente en el barrio Saint-Germain-des-Prés, y en la floristería L’Etoile Manquante: una floristería de gente que tiene todavía cuentas pendientes con su pasado. Su dueño, Dominique Brulé, es una de esas personas: se refugia en su tienda y entre flores, para mitigar el dolor que le produce la ausencia de su esposa; pero su floristería no es sólo lugar de huidas, es también lugar de cobijo, como el que encuentra la joven Violeta, que llega a París procedente de Madrid después de sufrir un desamor (haciendo mudanza de sus problemas), y termina trabajando en la floristería: «Se busca dependienta, a ser posible con nombre de flor».

También es lugar de encuentros, como el que se produce entre Mercedes y Tilde  (dos señoras españolas que llegaron a París a mediados del siglo XX, huyendo de sus propios conflictos, y que encuentran en la Ciudad de la luz y en su mutua amistad un segundo hogar), con Dominique. La llegada de Violeta a este trío de «maduritos», dará un toque fresco a esta familia impostada, y pronto veremos como los lazos que van surgiendo entre ellos mitigará las ausencias y los dolores: «Tanto las lágrimas como las culpas purgan y lavan dolores viejos».

Conforme vayamos conociendo a estos cuatro personajes, más los iremos queriendo y aceptando. Son personajes cargados de buenos sentimientos, con una gran dosis de humanidad y sencillez, y un toque naif que los hace más accesibles; y aunque la carga que llevan es dolorosa, no andan por las esquinas quejándose y lamentándose, viven el presente de la mejor forma posible: «Que más daba saber el futuro teniendo tanto pasado», intentando hacer la vida más fácil y alegre a las personas que están a su alrededor. Como por ejemplo Dominique, que cambia las tarjetas de los ramos que le encargan para mejorarlas, y envía flores a una actriz acabada para que sienta que sus admiradores aún la recuerdan, o Mercedes que deja notas anónimas entre los libros de la famosa librería Shakespeare and Company, para que las encuentre el lector anónimo y así dibujarle una sonrisa. Matilde, Tilde para los amigos, es una mujer que siempre lleva un bolígrafo en el bolso para apuntar frases que escucha. También esconde pastillas para la tos que nunca usa y un espejito en el que nunca se mira; y Violeta, un clon de las mujeres de la Nouvelle Vage, es femenina sin pretenderlo, lo que la hace terriblemente deliciosa.

La prosa de Máxim es sencilla y delicada, como las peonías de la floristería, salpicada de frases que, aunque en muchos casos predecibles, acompañan al argumento para realzarlo y mejorarlo. Os dejo unas cuantas: «Los únicos que van realmente perdidos, son esos que van mal acompañados». «Todos tenemos hipotecas emocionales». «Nunca vuelve el que se fue aunque regrese». «El pudor te amarga la vida, como amarga a muchos los miedos». «Todos nos quejamos más cuando somos incapaces de neutralizar un dolor».

Aunque es un libro que podríamos calificar de melancólico, es también muy optimista,  y el autor insiste continuamente en la felicidad. Y como escenario, la maravillosa ciudad de París, que podemos considerar un personaje más: «Una ciudad que está harta de simplificaciones y de ser un postal de souvenir». Màxim nos hace un recorrido por lugares emblemáticos de la ciudad y de esa postalcomo el Café de Flore o la librería Shakespeare and Company, por el que deambulan sus personajes, y con una banda sonora salpicada de temas emblemáticos de la música francesa. Se ve que siente fascinación por la ciudad y que la conoce bien, no obstante, muchos de sus libros transcurren en París.

Es el primer libro que leo de este escritor (que muchos conoceréis como presentador de informativos en Telecinco o colaborador en el programa de Ana Rosa Quintana) y, aunque no es la literatura que suelo leer, me ha gustado. Reconozco que al principio me costó meterme en la historia y que la veía muy simple y recurrente, pero al final ha conseguido engancharme. Por el escenario y por los personajes, sentía que estaba un poco en la película Amelie, película que amo.  Un libro sencillo, delicioso y con una gran dosis de optimismo; y que podíamos considerar en ciertos aspectos como novela feel-good: “Un género que aborda valores y actitudes que echan por tierra el cinismo de nuestra sociedad actual. La solidaridad, la empatía, el amor y la amistad son puestos en un pedestal.” (http://www.libropatas.com/mundo-editorial/novelas-feel-good-el-nuevo-boom-editorial-promueve-la-felicidad/)

Màxim Huerta ( Utiel, Valencia, 1971). Es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad CEU San Pablo de Valencia. En 2014 obtuvo el Premio Primavera de Novela con La noche soñada. Otras de sus novelas son: Que sea la última vez…, El susurro de la caracolaUna tienda en París, Firmamento, La parte escondida del iceberg, Mi lugar en el mundo eres tú. Además es autor de varias piezas teatrales.

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RECOLECTURAS – La liebre con ojos de ámbar


Hoy vamos a viajar por Europa y Japón desde finales del siglo XIX y durante el siglo XX, de la mano de unas miniaturas japonesas, los netsuke. Pero… ¿Qué son los netsuke? Los netsuke son esculturas en miniatura cuyo origen se remonta al Japón del siglo XVI. Aparecieron para satisfacer una necesidad práctica -como pasadores para sujetar el injo, la caja plana donde se llevaban implementos de la vida cotidiana, a la faja del kimono -, y al comienzo eran de bambú o de madera, pero durante el siglo XVIII su elaboración con materiales diversos, como el marfil, evolucionó hasta hacerse exquisita en manos de ciertos maestros artesanos, cada uno de los cuales les imprimía su sello particular.  La liebre con ojos de ámbar es uno de estos netsuke, de ahí el título del libro.

Con la excusa de seguir los pasos a estas pequeñas piezas de coleccionista, el autor, Edmund de Waal, hace un recorrido por la historia de su familia, los Ephrussi, desde su lugar de origen, en Odessa, hasta Tokio.

La historia comienza en la ciudad nipona, donde Edmund viaja con una beca de una fundación japonesa para perfeccionar su profesión (en este caso, ceramista) y contribuir a los contactos con Inglaterra. En Tokio vive su tío abuelo Iggie, al que visita con frecuencia, y que es el último portador de los netsuke (264 en total). A la muerte de Iggie, Edmund será el nuevo propietario de la colección y con él viajarán de nuevo a Londres. Este es el origen del libro que hoy reseñamos: «Poseer estos netsuke, significa que me han hecho responsable de ellos y de aquellos a quiénes pertenecieron […]. Sé que en la década de 1870 un primo de mi bisabuelo, Charles Ephrussi, compró los netsuke en París. Sé que se los regaló a mi bisabuelo Viktor von Ephrussi para su boda en Viena, hacia finales de siglo. Conozco muy bien la historia de Anna, la criada de mi bisabuela. Y sé que los netsuke llegaron a Tokio con Iggie y fueron parte de su vida con Jiro». «No quiero hacer un relato nostálgico de mi familia, judía y pasmosamente rica. No quiero un puñado de anécdotas bien cosidas. Una más sobre el Orient Express o la Belle Époque […]. Quiero saber qué relación hay entre el objeto de madera que ahora hago rodar entre los dedos y los sitios donde ha estado. Quiero entrar en todas las habitaciones donde este objeto haya vivido, sentir el volumen del espacio, saber qué cuadros había en las paredes, cómo caía la luz en las ventanas. Y quiero saber en manos de quiénes estuvo, y qué pensaron de él si es que pensaron algo. Quiero saber qué ha presenciado».

París – Viena – Tokio – Londres,

estos son los destinos de los netsuke, por donde vamos a viajar de la mano de Edmund de Wall. ¿Me acompañas?

Aunque Edmund no quiera escribir una historia de la familia y se quiera centrar en los netsuke, el hecho es que estamos ante una biografía sobre la famila Ephrussi. Naturales de Odessa (actualmente ciudad ucraniana), los Ephrussi gestaron su fortuna con el grano, del que se convirtieron en el primer productor a nivel mundial, de ahí pasaron a las finanzas, la banca, y sus vástagos se fueron extendiendo por las principales ciudades europeas del siglo XIX: París, Viena.

Primera parada:  París. Charles, amante del arte, en París lo conocen como el esteta, empieza a coleccionar junto a su amante Louise estas pequeñas figuritas tan de moda en aquellos tiempos: «Todo el mundo tenía que hacerse con algo de aquellas japonaiseries».  El japonisme se ha convertido en una especie de religión y ellos son japonistes: coleccionistas pioneros. Además de su gusto por lo japonés, Charles crea una de las más grandes colecciones de los impresionistas, es mecenas y amigo de Renoir y Degas. También es muy amigo de Marcel Proust, y su personaje principal en su magna obra: En busca del tiempo perdido, Swann, está inspirado en su mayor parte en él. Su relación con el mundo del arte hace que lo nombren director de La Gazette. Poco a poco, Charles va dejando su pasión por lo japonés en pos del estilo imperio, más francés, por lo que decide regalarle a su primo hermano Viktor su colección de netsuke como regalo de boda.

Segunda parada: Viena. Los netsuke se instalan en el Palacio Ephrussi a finales del siglo XIX (en la actualidad la sede central de Casinos Austria). En concreto se instalan en el vestidor de Emmy, por donde los niños de la familia pasan con frecuencia y juegan con ellos. Es época de esplendor, cuando se crea el Anillo vienés y la familia crece al unísono que crece la ciudad, pero en este periodo también vamos a asistir a la caída de los Habsburgo, tras el final de la Primera Guerra Mundial y al auge del antisemitismo, que llega a su culmen con la llegada de Hitler al poder y la creación del Tercer Reich. Tras el Anschluss (anexión de Austria a la Alemania nazi en 1938), vemos como los Ephrussi son despojados de todas sus posesiones y fortuna, y finalmente tienen que emigrar si no quieren terminar en un campo de concentración.

Tercera parada: Londres. En diciembre de 1945, tras la muerte de Viktor en el exilio, Anna, la sirvienta de la familia, le entrega a su hija Elizabeth las 264 figuritas que logró rescatar del expolio. Es prácticamente lo único que quedó de la familia, gracias a que Anna los iba sacando poco a poco de vestidor, escondidos en el bolsillo del delantal, para posteriormente guardarlos en el colchón. Este quizás fue el destino menos glamouroso de los netsuke, que estaban acostumbrados a vivir en espectaculares vitrinas de terciopelo verde, pero gracias a ello lograron seguir en manos de la familia. Elizabeth, que había regresado a Viena tras la Segunda Guerra Mundial para intentar recuperar los bienes familiares, vuelve a Londres con esta maravillosa colección.

Cuarta parada: Tokio. Cuando Iggie, hermano de Elizabeth, se reúne con ella en Londres, deciden que el mejor lugar para los netsuke es su lugar de origen, Japón, donde Iggie, perteneciente al ejército norteamericano, está destinado para contribuir a la reparación del país tras la Segunda Guerra Mundial: «Los netsuke están en el centro de la casa, en el centro de la vida de Iggie […]. No sólo han vuelto a su país; están de nuevo expuestos en un salón». Con Iggie permanecerán hasta su muerte: «De la casa de Charles y Louise en París, la vitrina de la radiante habitación amarilla llena de cuadros impresionistas, al vestidor de Viena donde Emmy y sus hijos entretejían ropa e historias, infancia e ilusionismo, y luego a ese extraño descanso en la cama de Anna, para terminar en su país de origen, en Tokio».

Hasta aquí hemos disfrutado de un maravilloso viaje: un viaje lleno de arte, de aventuras, de amor y traición, de odios y vilezas. Hemos asistido de nuevo al horror nazi, al desprecio y envidias que despierta el pueblo judío, así como su aniquilación, a pesar de ser judíos asimilados; pero también hemos conocido el esplendor y derrumbe de ciudades maravillosas como Viena, y nos hemos adentrado en la cultura y vida japonesa desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta 1994. Una monumental y sorprendente obra que no deja indiferente a nadie.

Ahora los netsuke descansan en Londres. ¿Seguirán mucho tiempo allí? ¿Será Londres su último destino, o solo una parada más en su vagabundeo? Porque como bien dice Edmund:

«Los netsuke son pequeños y duros. Difíciles de astillar: difíciles de romper: están hechos para andar por el mundo a golpes».

 

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RECOLECTURAS – Confesiones del estafador Félix Krull

confesiones

Hoy os traigo una novela muy interesante, que me ha sorprendido muchísimo, aunque viniendo del inconmesurable Thomas Mann, no era difícil. Os hablo de la última que escribió, Confesiones del estafador Félix Krull.

Estamos ante probablemente la novela más juvenil jamás escrita por un anciano, el más perfecto ejemplo de la ironía que caracteriza buena parte de la obra de Thomas Mann, quien se sitúa aquí en la estela de Cervantes y Stendhal para ofrecernos la que sin duda es la novela picaresca más importante del siglo XX.

Parodiando las novelas de aprendizaje, tan arraigadas en la tradición literaria alemana, estas “confesiones” nos conducen por todas las etapas de una vida cuyo propósito explícito es convertirse en una obra de arte. A tenor de esta concepción estética de la vida, las trampas, los robos y las imposturas acaban no sólo por justificarse, sino incluso por constituir un estilo de vida de moralidad irreprochable.

Nuestro protagonista, Félix,  procede de una familia burguesa refinada, aunque en sus propias palabras, también disoluta. A parte de las influencias que recibe por parte de sus progenitores, es su padrino, Schimmelpreester, la figura más trascendente en su vida; no obstante, gracias a él consigue trabajo en un lujoso hotel de París, después de la ruina familiar y posterior suicidio de su progenitor.

A raíz de ahí vamos viendo como Félix va subiendo en el escalafón, gracias a un físico prodigioso, a sus buenas maneras, y a su piquito de oro, que él sabe explotar como nadie. Pasa de ascensorista a trabajar como rascador de restos, confieso que es la primera noticia que tengo de este oficio, y de ahí a camarero de sala, lo que le da la posibilidad de conocer a figuras destacadas de la alta sociedad parisina. Uno de esos encuentros será con el marqués Louis Venosta, personaje clave en esta historia, ya que le propone un cambio de identidad y la posibilidad de viajar alrededor del mundo durante un año con todos los gastos pagados. Era cuestión de tiempo que la vida le sonriera, no obstante, nació en domingo. (En los países nórdicos, los nacidos en este día, gozan de especial buena suerte):

¡Ay, lector amigo! Era muy feliz. Estaba encantado de haberme conocido y me quería de esa única manera útil a la sociedad en que el amor que uno siente hacia sí mismo se traduce en amabilidad de cara al exterior, hacia los demás. En un hombre estúpido, esa conciencia con la que yo me paseaba tal vez habría degenerado en alguna muestra de soberbia, insubordinación y desvergüenza hacia los superiores o en una arrogante falta de compañerismo con los inferiores. En mi caso, no obstante, jamás mostré una cortesía más exquisita.

Ahí vemos por fin, ya hemos pasado el ecuador del libro, a qué se debe el título y suponemos que su posterior entrada en la cárcel, que él menciona en sus confesiones (digo suponemos porque desgraciadamente es una novela inacabada, que termina justo cuando comienza el viaje que le va a llevar a través del mundo, en Lisboa). No por inacabada deja de ser magistral. Hasta llegar ahí, hemos asistido a capítulos maravillosos como cuando describe los escaparates de la ciudad (pág. 105), el circo (pág 245), o conoce al paleóntologo Kuckuck en el tren que le lleva de París a Lisboa (pág. 333) y tienen una interesante charla sobre el origen de la vida. Todo con la magistral prosa de Mann, al igual que cuando describe los personajes, habla sobre la condición humana, la moralidad y el amor: El amor no persigue ningún fin, el amor es un fin en sí mismo y no piensa más allá, el amor es en sí mismo y gira en torno a sí mismo…

En algunos aspectos nuestro protagonista nos recuerda a otro personaje magistral de la literatura, Tom Ripley de Patricia Highsmith, aunque nuestro Félix, o Armand (uno de los nombres que adopta a lo largo de la novela), adolece de la maldad de este último.

Thomas Mann, el autor de obras tan profundas y reflexivas como La montaña mágica, Muerte en Venecia, Doktor Faustus o Los Buddenbrook, legó a la posteridad una última novela desconcertante, irónica, burlona y probablemente una de las más sagaces y divertidas de todos los tiempos, sin por ello rebajar un ápice su exigencia literaria, exigencia que se vio premiada con el Premio Nobel de Literatura en el año 1929, y como siempre aquí, en tu biblioteca.

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