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RECOLECTURAS – Empieza la semana con un buen libro

farandula

Hoy en nuestra sección Farándula de Marta Sanz.

Valeria Falcón es una actriz de cierta notoriedad que cada jueves visita a una vieja gloria del teatro, Ana Urrutia. La Urrutia padece el síndrome de Diógenes y no tiene dónde caerse muerta. Su ocaso se solapa con la eclosión de un capullo en flor, Natalia de Miguel, una joven aspirante que enamora al cínico Lorenzo Lucas, álter ego de Addison DeWitt. Nadie tendrá derecho a destrozar la felicidad de Natalia de Miguel, una chica muy delgada que en pantalla da gordita. Por su parte, el ganador de la copa Volpi, Daniel Valls, confronta su éxito, su dinero y su glamour con la posibilidad de su compromiso político. A menudo llega a una conclusión: «Soy un débil mental.» Charlotte Saint-Clair, su esposa, lo cuida como una geisha y odia a Valeria, gran amiga de Daniel. Un ictus, el montaje teatral de Eva al desnudo y la firma de un manifiesto descubrirán al lector: Una historia sobre el miedo a perder un sitio.

Reconozco que tenía muchas ganas de leer Farándula. Yo, que soy muy de listas, vi que había sido elegida por los críticos de Babelia entre los 10 mejores libros de 2015 y, nada más y nada menos, que en el puesto número 2; y, yo, que soy muy de premios (menos de El Planeta que es otra historia), vi que había sido galardonada con el Premio Herralde de Novela. Así que nada, con estas premisas me embarqué en la lectura del libro. Y ahora qué; pues nada, ahora os voy a hablar de lo que me ha parecido.

Estamos ante una novela coral, en el que de una manera u otra están representados los diferentes estratos de la profesión: la actriz de ideales férreos, la jovencita con ganas de triunfar, el triunfador desasosegado, las viejas glorias…El libro está bien escrito, los personajes bien definidos y la trama discurre de manera ágil, pero no sé por qué, me ha dejado un gustillo amargo. Quizás no era el momento, quizás lo he leído demasiado deprisa o quizás esperaba más. Me he encontrado con demasiados clichés del mundo del espectáculo. ¿De verdad son todos tan egocéntricos, tan superficiales y banales? Quitando una pareja de actores de los de toda la vida, de los que aman la profesión y que, por supuesto, son pobres, otro cliché: los buenos actores, los que tienen los ideales intactos, los que van a los colegios a representar obras, terminan sin un duro, friendo papas con huevos en un piso pequeño de un barrio obrero, porque claro, para llegar a ser alguien te tienes que corromper, tienes que vender tu alma al diablo, o al mundo de los realities, o tener una mujer que te mantenga, y si no, ya están ahí la casa del actor, que por cierto tampoco funcionan, para que terminen las viejas glorias como el personaje de Ana Urrutia, sin un duro también, por supuesto.

Los actores son atormentados, díscolos, sufridores, intratables, egoístas, por Dios, ¡Qué horror! Supongo que la autora ha querido retratar la cara menos amable de la profesión, porque desde luego si todos son así, nadie querría formar parte de ese circo. Y para terminar este mundo de los clichés, todo libro, película que se precie que trate del mundo de la interpretación, no es completo si no sale una representación de Eva al desnudo, magnífica película por cierto. Toda actriz de teatro que quiere llegar a ser alguien tiene que tener en su currículum a una Margo Channing (Veáse además Todo sobre mi madre de Pedro Almodóvar).

Otra cosa que no me ha gustado mucho del libro es el lenguaje que emplea la escritora. A veces escoge, entre todas los posibles sustantivos o adjetivos, aquel que nadie usa. No sé por qué, la imagino entrando en la RAE buscando una palabra y, de todas las  posibles, escoger la menos común; o que es muy versada, que indudablemente lo será, pero el lector no tiene por qué saberlo. Con este tipo de cosas hay que tener cuidado, porque no resulta creíble en boca de quien las ponga, el lenguaje se tiene que adaptar al personaje, usar el lenguaje de la calle si así lo requiere. También me han resultado pesadas sus reiteradas enumeraciones, con las que se puede tirar entre 2 y 3 hojas.

La autora hace una crítica despiadada de aquellos famosos que ponen su rostro para obras solidarias. Entre otros, pone el ejemplo de Angelina Jolie, conocida por todos. Yo en estos casos tengo un poco de controversia. ¿El fin justifica los medios? Yo creo que sí.

Después de todo lo dicho pensaréis que no me ha gustado el libro, es cierto que esperaba más, pero no sería justa si no reconociera el buen hacer de la autora, la técnica y el disfrute, porque el libro se lee rápido y logra uno de los objetivos que a mi parecer debe cumplir un buen libro, entretener. Yo no lo pondría entre los 10 mejores libros de 2015, pero es mi humilde opinión de lectora aficionada. Me ha parecido que va un poco en la línea de Belén Gopegui, ella por cierto también tiene un libro sobre el mundo de la interpretación: “Tocarnos la cara” que, por cierto, también está en la biblioteca y, que por cierto, a mí me gustó más, pero es que yo soy más de la Gopegui.

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