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RECOLECTURAS – Sheila Levine está muerta y vive en Nueva York

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Mucho después de la Lily Bart y la Undine Spragg de Edith Wharton, de la Caroline «Sister Carrie» Meeber de Theodore Dreiser, de la Marjorie «Morningstar» Morngenstern de Herman Wouk y de la Holly Golightly de Truman Capote; pero bastante antes de la Isadora Zelda White Stollerman Wing de Erica Jong, de la Emma Gennaro de Wilton Barnhardt, de la Bridget Jones de Helen Fielding, de la Carrie Bradshaw de Candace Bushnell, de la Hannah Helene Horvath de Lena Dunham, y de la Frances Ha de Noah Baumbach, estuvo y está y estará la Sheila Levine de Gail Parent.

Y, de acuerdo, las idas y los idus de Sheila no son tan trágicos como los de las chicas de Wharton y Dreiser; pero también es cierto que lo suyo (su cuerpo) tiene mayor peso dramático y cómico que lo de Bridget y Hannah. Y que su armario alberga muchos menos pares de zapatos que el de Carrie. Sin embargo, imposible desentenderse de su importancia como gran bisagra/colchón entre las puertas de aquellas y las camas de estas. Y de la influencia que tuvo en su momento y sigue teniendo su voz y su prosa y su impecable sentido narrativo.

Parent (nacida en Nueva York en 1940) comenzó, mientras estudiaba teatro en la universidad junto a su compañero de curso Kenny Solms, escribiendo y vendiendo chistes por cinco dólares cada uno a comediantes de clubs nocturnos. Y luego, casi enseguida, Parent se formó y deformó en el mundo de la televisión, contribuyendo a reinventar el concepto de sitcom tal como hoy lo conocemos, entre otros, fue guionista de la exitosa serie Las chicas de oro. Y todo eso se nota mucho y, se disfruta aún más, en Sheila Levine está muerta y vive en Nueva York, escrita a lo largo de un año y medio en los backstages y camerinos de Carol Burnett y, que pronto se conviritió en best-seller, allá por 1972. Porque la voz de Sheila y su tempo narrativo y su formato (supuesta carta de suicida cansada de todo y de todos, ella incluida) es un impecable e implacable monólogo stand-up pero acostado, a la espera de que los demasiados somníferos hagan efecto, y armado en sucesivas y brillantes set-pieces temáticas/circunstanciales. La novela funciona casi como una larga nota al pie de página.

Más allá de su modernidad y compulsión rupturista y transgresora, si le dan a elegir, Sheila quiere ser más Doris Day que Barbra Streisand. Sheila no quiere escribir un libro: Sheila quiere un marido que sea escritor. Y que le dedique un libro. Varios. Muchos. A ella y a sus hijos. Sheila quiere ser una madre judía no exactamente como su madre judía, pero aun así…:  «Muchos chicos judíos, como Portnoy, crecieron en una relación de amor-odio con sus madres judías, por lo que juraron casarse con chicas no judías. Así que resulto poco atractiva desde un punto de vista étnico. Las chicas rubias de pecho plano están de moda; las judías, polacas e italianas, no».

Afortunadamente en aquella época no habían teléfonos móviles, ni redes sociales, ni emoticones, ni ciento cuarenta caracteres máximo; lo que nos habría privado de la elocuencia sin limitaciones de Sheila. Y los sueldos eran más bajos, pero no era imposible mudarse a la Gran Manzana teniendo en cuenta que por entonces Manhattan no era el Parque Temático deluxe que es hoy sino una metrópoli más bien sórdida y estaba casi en quiebra. En este sentido, la ciudad que cuentan Parent & Levine viene a ser algo así como la versión diet pero igual de indigesta de la que se ve en films como Midnight Cowboy y Taxi Driver.

El debut literario de Parent es una gran novela histórica y sociológica (e histérica e ilógica) que dice mucho de una época y de la situación de la mujer por entonces, y, mal que le pese a algun@s, con temas que siguen estando muy vigentes en la actualidad, entre otros, la búsqueda de un marido: «¡No, Linda! Más de una chica ha dedicado su vida, sí, su vida, a intentar convertir a un hombre que prefería a otros hombres en un hombre que prefiere a las mujeres. Yo, sin ir más lejos, Sheila la experta, caí en la trampa. Muchas jóvenes han sentido que ellas eran la mujer adecuada, la única que podía conseguirlo. No funciona. Se le puede analizar todo lo que quieras, se le puede aplicar terapia de choque además de entregarle tu amor incondicional, pero él seguirá prefiriendo a su amiguito de East Hampton antes que a ti. Para algunas chicas, enamorarse de gays se ha convertido en una costumbre. ¿Por qué? No lo sé con seguridad. ¿Tienen miedo de los hombres pero no están listas para las mujeres? ¿Alimentan su ego? “No te lo vas a creer. Conocí a un hombre al que toda la vida le habían gustado otros hombres, pero me ha conocido a mí y yo soy la única que ha podido traerle al bando correcto.” No lo intentes, Linda. No lo intentéis, ninguna. No funcionará. Seréis amigos, quizá acabéis en la cama un par de veces, quizá os caséis con él, pero mientras otros papis vayan a llevar a sus hijos al partido de béisbol, vuestro marido se escapará a un bar gay»

La famélica y siempre a dieta Sheila, sí, solo quiere jugar a los juegos del hambre y a los juegos del hombre y a los juegos del hambre y del hombre. Sheila no es una It Girl. Sheila es una Eat Girl.

Un libro muy divertido, muy rompedor, muy moderno, muy irónico, con mucho humor negro…, y como siempre aquí, en tu biblioteca.

(Datos sacados del prólogo de Rodrigo Fresán).

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