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CINEMA PARADISO – Después de la tormenta

Esta semana reseño “Después de la tormenta”; una película japonesa del director Hirokazu Koreeda, ganadora en el Festival de Cannes de 2016 en la sección “Un Certain Regard” (Una Cierta Mirada).

Entra dentro del grupo de películas con fuerte espíritu humanista de este director, llenas de sensibilidad y que tienen a la familia como motivo principal y como hilo conductor, con una imagen más amable del tema que la que tenía en un principio, bastante más pesimista.

Este director nos habla del ser humano y sus circunstancias, de sus flaquezas y tropiezos, de sus ambiciones y desengaños, de sus sueños y errores. La suma de todo ello configura el devenir ordinario, sin necesidad de énfasis y artificios, dejando que los personajes se muestren poco a poco y dejando que el espectador deje volar la imaginación.

Como ya he comentado, la familia y sus vínculos es el eje sobre el que se ancla la película y presta especial atención a las relaciones entre padres e hijos, centrándose tanto en el difícil trato que mantiene el protagonista con su padre que es una figura ausente ya que ha muerto poco antes del comienzo de la película, como en el deficiente vínculo que mantiene con su único hijo, fruto de su fracasado matrimonio. Y llama la atención ver cómo el papel de la madre es el bálsamo reparador como una  anciana acogedora, resignada, paciente y comprensiva.

El resto de personajes van desvelando una existencia bastante corriente, que se asemeja a la nuestra y que por esa razón no tenemos dificultad en reconocernos en ella.

La acción  se desenvuelve  en una serenidad contemplativa y va creando un entramado muy sutil, plagado de matices que te envuelven y te seducen, precisamente porque va dejando un poso de verdad.

El drama surge de las contradicciones y carencias de los personajes que con sus actos no siempre nobles ni afortunados van creando un destino que sin embargo se diluye y se desvanece en la trama.

La película, explora con gran delicadeza y buen gusto la pérdida de un ser querido, ya sea por su fallecimiento o simplemente porque este no quiere seguir formando parte de tu vida. El intento del protagonista por pasar tiempo con su hijo es bastante conmovedor y da lugar a uno de los finales más logrados  en toda la trayectoria de Koreeda. El tercer acto cierra de manera perfecta lo que anteriormente había sido retratado, y una vez más, el japonés crea poesía a través de lo cotidiano gracias a una sensibilidad única.

‘Después de la tormenta’ vuelve a situar a Koreeda entre uno de los directores de cine más interesantes en activo.

Se trata en definitiva de una preciosa película llena de poder de observación y sugerencias que va creciendo conforme avanza el metraje y que además deja todo abierto para que el espectador saque sus propias conclusiones.

Muy recomendable si queremos salir del cine más comercial que a diario inunda las salas de cine llenándolas de acción y de efectos especiales, sin dejar un solo resquicio a la imaginación ni a la reflexión.

Y lo mejor de todo es que la tienes en la biblioteca. Sólo tienes que pasar a buscarla.

 DVD PE 4588

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CINEMA PARADISO – Una pastelería en Tokio

Esta semana le toca el turno al cine japonés, concretamente a una de las últimas películas de la reputada cineasta Naomi Kawase. Desde su comienzo, la película ya va desvelando las señas de identidad que presentará a lo largo de sus 113 minutos de duración: un ritmo pausado, una profunda caracterización de los personajes, un estilo narrativo casi sacado de un cuento y, sobre todo, una atmósfera muy íntima en la que es muy difícil no verse atrapado.

Mediante lo que no deja de ser una historia pequeña y simple sobre las tribulaciones de un pastelero malencarado, una sabia anciana especialista en la elaboración de pasta de alubias de la que van rellenos los Dorayaki, y una estudiante taciturna, la cineasta ha hecho con uno de los dulces más populares de la gastronomía japonesa lo que mejor se le da: señalar la profunda importancia de los aspectos más sencillos y cotidianos de la existencia; algo que conecta perfectamente con su faceta como narradora de extraordinaria sensibilidad y delicadeza  para las historias humanas.

Los Dorayaki funcionan como el elemento común que une a estos personajes de tres generaciones en una tragicomedia de cocción lenta y sabor dulzón con su puntito de amargura (esto último, una vez llegado el momento de revelar la misteriosa procedencia de la anciana,  que desde su primera aparición ya se intuye “impactante”). No obstante, pese a distraerse con imágenes recurrentes de cerezos en flor y cigarrillos en la azotea, Kawase sabe modular las dosis para no empalagar; al contrario, deja con ganas de un bocado más.

 

Esta facilidad que tiene “Una pastelería de Tokio” para hacernos entrar en su dinámica argumental tiene su razón en el respeto con el que Kawase se dirige al relato que está  basado en la novela original de Durian Sukegawa. No es demasiado lacrimógena aunque tampoco leve ni superficial. La historia está estructurada de una manera clara, sin demasiados alardes formales, algo clásica en su desarrollo pero muy lejos de resultar previsible, ya que cada escena siempre aporta algo diferente al conjunto.

Cada personaje está muy bien definido;  nada sobra y poco se echa en falta. Kawase huye de los tópicos para realzar el  oscuro pasado de los personajes y la triste realidad que les acecha; no quiere dar nada por sabido pero tampoco pretende abrumarnos con flash-backs o explicaciones innecesarias. La cineasta pretende sensibilizar a través de lo que no se ve en lugar de explicitar demasiado las reacciones de sus protagonistas, lo cual redunda en un completo éxito a la hora de que la  película sepa transmitir un torrente de emociones.

Quizás el aspecto menos satisfactorio gira en torno a Wakana, cuyo papel promete ser muy relevante conforme avanza la primera mitad de la película pero que finalmente no termina de despegar. Aunque su personalidad está trazada de un modo más que correcto, ciertos detalles que Kawase nos enseña acerca de la relación con su ¿madre? y compañeras de clase, terminan por alejarse del terreno del suave misterio para caer en un pozo, ya que da la sensación de que el carácter de la chica en las escenas finales es demasiado similar al que contemplamos en un principio. En cualquier caso, no deja de ser una cuestión menor dentro de una acertada obra.

Más deliciosa incluso que los Dorayaki, sobre los que gira la película, “ Una pastelería en Tokio” permite ser saboreada al estilo de un dulce que debe comerse muy despacio; algo necesario para saber degustar cada detalle que Kawase nos ofrece  con esta obra. Quizá aquellos que tengan un particular interés por la cultura japonesa y, en general por la vida en Japón, puedan apreciar las virtudes de la película por encima  de lo que realmente se merecería, pero como el cine muchas veces no entiende tanto de cuestiones racionales sino de la transmisión de puros sentimientos, no hay motivos de peso para rechazarlos, sobre todo cuando estamos hablando de una cineasta que sabe transmitir tantas cosas a través de su obra. Es, por tanto, una de esas películas que te hacen levantarte del asiento con una sonrisa de oreja a oreja.

Y ya sabéis, como siempre, dónde podéis encontrarla. No tenéis más que pasar por la biblioteca. DVD PE 4415

 (Fuentes: www.cinemaldito.comcinemania.elmundo.es)

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CINEMA PARADISO – De cine con mi biblioteca.

CINE JAPONÉS

Éstos días podemos disfrutar en el Museo de Fuengirola de una exposición muy interesante, que con el nombre de  “Japón. Honor y Tradición”, nos acerca a ésta cultura, tan distinta a nosotros y tan atractiva y atrayente a la vez.

 japón cartel

Una parte importante de la cultura es el cine y por eso mi reseña de hoy está dedicada al cine japonés.

El cine japonés es una de las vertientes más especiales de la historia del séptimo arte. Sus temas se alimentan de su historia épica y trágica, de su espiritualidad ancestral o de su nueva realidad presente en los últimos tiempos.

En Japón, éste espectáculo se instaló tempranamente y su aceptación fue creciendo hasta alcanzar niveles de fanatismo, superiores incluso a los de occidente. Éste cine nacional se alimentó de los hábitos, costumbres y tradiciones de un país dos veces milenario. Bebió también en las fuentes del drama Kabuki.

En los años 20 y tras la catástrofe del terremoto de 1923, la industria del cine se recompuso y la producción llegó a superar los 700 films en la segunda mitad de la década.

Su producción se centró en las películas de época, feudales sobre todo, que convivieron durante mucho tiempo con películas que miraban más a las clases populares, a la vida contemporánea, entre la comedia y el drama.

Todos los directores evolucionaron durante los años 30 y 40 sobre estos modelos temáticos, pero sólo se dará a conocer a fondo en occidente a partir de los años 50.

Los principales festivales internacionales de cine abrieron las puertas al cine japonés concediendo importantes premios a películas como “Rashomon” del gran Akira Kurosawa, “Cuentos de la luna pálida” y “El intendente Sansho” de Kenji Mizoguchi o “La puerta del infierno” de Teinosuke Kinugasa.

Se descubrió en ellas una estructura narrativa muy evolucionada, con muchos puntos de contacto con la producción de occidente, así como la magnífica interpretación de actores como Toshiro Mifune, Chishu Ryu o Takasi Simura entre otros.

El más conocido en occidente fue sin duda Akira Kurosawa, que sorprendió a lo largo de su vida con  títulos como “Vivir”, “Los siete samuráis”, “Derzu Uzala”. “Kagemusa” o “Ran”. Algunas de sus obras son adaptaciones al mundo japonés de obras sobre todo de escritores rusos como Dostoyevski.

Destaca también Kon Ichikawa con “El arpa birmana”, soberbio trabajo sobre el horror de la guerra.

Años después llegaron de forma aislada películas que continúan llamando la atención por la crudeza de las historias y la reflexión continuada de los directores sobre temas arraigados en la tradición japonesa como las obras de Nagisha Oshima con “El imperio de los sentidos” o Shoei Imamura con “La balada de Narayama”, adentrándose en el mundo de los sentimientos de la realidad cotidiana.

El mundo del comic, tan importante en Japón se proyecta internacionalmente tanto en el cine de adultos como en el infantil con películas como Akira del maestro del manga Katsuhiro Otomo.

En general, si algo se puede destacar del cine japonés, en cualquiera de sus épocas o de sus géneros es su gran plasticidad.

Quiero recomendar especialmente la obra de Kenji Mizoguchi “El intendente Sansho, del año 1954. Un drama feudal del siglo XII  que obtuvo el León de Plata en el Festival de Venecia, nominada también al León de Oro.

 sansho

Mizoguchi nos ofrece un implacable retrato del Japón feudal, aquél estructurado en ciudadanos de primera -esos gobernadores exentos de compasión, con Sansho como el máximo exponentey los de segunda -la plebe, los esclavos, los súbditos. Pero lo que realmente  hace grande al relato, es que, a pesar de que su acción transcurre hace casi diez siglos, los temas que aborda son tan universales y atemporales -tiranía, corrupción, incompetencia de los gobernantes, desigualdades sociales, inmoralidad – que podrían extrapolarse a nuestros días. Por encima de todo, estamos ante una historia que ofrece un descarnado retrato del dolor, ese que remueve las entrañas y que llena de impotencia al espectador. Quizá porque sabe que está asistiendo a un espectáculo, en efecto, más cerca de la realidad que de la ficción. 

Se trata de un film pausado, decididamente contemplativo y con suaves o directamente inexistentes movimientos de cámara, como si cada fotograma fuese una pieza de orfebrería que rebosa autenticidad por los cuatro costados. 

Si bien el nivel que la película mantiene durante sus más de dos excesivas horas de duración roza la perfección, es en su tramo final -unos diez minutos considerados uno de los mejores finales jamás rodados, cuando alcanza todo su esplendor.  Muy recomendable.

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