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CINEMA PARADISO – Nebraska

Nebraska no es el tipo de película que concurre a los Premios Oscar y, sin embargo, obtuvo seis nominaciones en su edición de 2013 tan importantes como Mejor película, Mejor director o Mejor actor. También fue cinco veces nominado a los Globos de Oro con nominaciones importantes, además de obtener un montón de premios en diferentes certámenes.

Se trata de una película con bajo presupuesto, sin grandes estrellas y rodada en blanco y negro. Sin embargo la película logra meterse en primera fila luchando contra su apariencia de producción independiente y demostrando que es un relato enorme y emocionante como aquellos que alguna vez  fueron éxito de público y que la industria del cine expuso  orgullosamente, como ¡Que verde era mi valle! de John Ford.

Está dirigida por Alexander Payne y protagonizada entre otros por el, para mí,  magnífico actor Bruce Dern que interpreta de forma magistral, a través de la sutileza a Woody Grant, un viejo bastante hosco y desaliñado que sufre los primeros síntomas del Alzheimer; de hecho, fue nominado como mejor actor protagonista en los premios Oscar.

Sin embargo, no es el único gran actor de la película. Nos sorprende Will Forte (proveniente de Saturday Night Live) en el papel de David, que comparte protagonismo y que no le va a la zaga, bordando igualmente su interpretación,  porque si bien el motor de la historia es ese viejo y un poco extravagante y su deseo de cobrar un inexistente premio en Nebraska, el relato se va construyendo con los ojos de David, su hijo, un empleado gris y algo fracasado a sus cuarenta años. Y es precisamente su vida en crisis la que le empuja a acompañar a su padre en un viaje casi de descubrimiento tanto de sí mismo como de su padre a quien apenas conoce.

En el trayecto, David va descubriendo cada vez más a ese hombre alcohólico, distante y algo bruto que le crió, por ejemplo que tiene un sentido del humor muy parecido al suyo o cuanto echa de menos poder conducir, “ser alguien” según las palabras de Woody.

Nebraska se hace evidente cuando los personajes llegan a Hawthorne, el pueblo natal de Woody; una comunidad de granjeros viejos y dónde Woody se transformará de la noche a la mañana en una celebridad entre su también hosca familia y sus vecinos ya que, por más que el premio sea una falacia, todos están dispuestos a auto-engañarse con tal de sentir el vértigo en sus venas quizás por última vez.

A medida que la película avanza, el director va mostrando la hipocresía en esa sociedad pequeña y humilde, no por medio del melodrama sino a través de un humor muy propio e inteligente.

La familia que en un primer momento se muestra indiferente ante el regreso de Woody, de repente está muy interesada en el premio por si pueden sacar algún provecho. Y cuando todo parece abocado al desastre, aparece la esposa de Woody (June Squibb) a poner orden. Una aparición sorprendente ya que hasta entonces, por lo que la película deja entrever, la mujer era la madre de pesadilla que todo hijo teme que le toque en suerte.

En definitiva la película no es ningún Drama y no aburre en absoluto. Además el blanco y negro le aporta una gran belleza al mundo rural que muestra. La historia que cuenta es fuerte y el tema no puede ser más universal que la familia, la vejez y la comunicación, en dónde Woody en realidad busca algo mucho más importante  que el dinero; David descubre más de lo creía y sobre todo que Nebraska no es sólo un lugar de Estados Unidos sino que se identifica con el lugar del que todos venimos y del que la vida inevitablemente nos va alejando.

Es una película sin artificios, irónica, melancólica a ratos, reflexiva, enternecedora, realista y sobre todo es bella. Una historia sobre la vida sencillamente magnífica en la que la vida es un camino, no una meta y es preciso disfrutar de ella y lo que el camino nos depare siempre será lo de menos.

Para verla sólo tienes que pasar por la biblioteca DVD PE 4610

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CINEMA PARADISO – La isla mínima

En la semana en la que se van a fallar los Premios Goya,  quiero reseñar una de las mejores películas que ha dado el cine español de los últimos tiempos. Se trata de “La isla mínima”; ganadora de los premios Forqué y Feroz, arrasó en la edición de los Goya 2015, metiéndose en el bolsillo tanto al público como a la crítica a unos niveles inimaginables.

Se han dicho muchas cosas sobre esta película, que es fascinante, hipnótica y con unas interpretaciones sobresalientes; todo lo que debería de ser una gran obra, desde la dirección, el montaje, la fotografía, etc. Poco o nada le falta a la cinta de Alberto Rodriguez; 10 Goyas lo corroboran.

Dar con el tono adecuado es siempre lo más difícil en una película. No basta con que la trama tenga interés o que la época y el lugar donde se desarrolla la acción sea veraz. Tampoco basta con que el casting sea perfecto y eficaz o que los diálogos se ajusten al ambiente y sus personajes. “La isla mínima” tiene todo eso y,  si bien es imperfecta, es una película que asume riesgos,  es original sin ser novedosa y, sobre todo, presenta una riqueza visual y una fuerza dramática asombrosas. Mostrar  lo conocido como si lo estuviéramos viendo por primera vez es muy gratificante. Encontrar soluciones arriesgadas para caminos trillados merece nuestra atención y reconocimiento.

Desde las primeras imágenes el director, Alberto Rodríguez, nos atrapa y nos seduce, captando nuestra atención. Con solo situar la cámara en un lugar inesperado  siembra el interés y la inquietud, consiguiendo fundir la trama narrativa con la textura visual: ¿cómo interpretar lo que vemos? ¿Cómo atar cabos en un entorno taciturno y excesivamente rural? ¿Cómo ver más allá de la superficie de las cosas y de las palabras hasta reconstruir la complejidad de unos crímenes atroces?.  Es esta superposición de capas y sugerencias  quizás lo más admirable de la cinta. Reproducir una época (año de 1980 con ecos de servidumbres recientes y esperanzas inciertas), desagraviar el olvido, apreciar los detalles que nos hacen entrever exenciones malsanas y tóxicas, reparar la inquietud de una comunidad al borde de la nada y con ganas de huir y salir adelante.

 

Quizás falte complejidad a la definición de personajes pero la poderosa trama policiaca avanza sin bajar el tono ni un momento, arrastrando al espectador a la abominable montaña rusa de las bajezas y perversiones humanas más aborrecibles. A veces, querer escapar de la desesperanza es caldo de cultivo propicio para el abuso y la extorsión sexual. No hay nada como tener dinero para comprar el silencio sepulcral. Y la impunidad permanece como una constante que dibuja un mapa negrísimo y desolador lleno de corruptelas y falsas promesas que son sólo el cebo falaz de la iniquidad.

La crónica negra nos lleva a contraponer las diferentes personalidades de los investigadores; uno con métodos dudosos, rudo, implacable, y quizás demasiado acostumbrado a éstos menesteres dado su anterior servicio en época de la dictadura, se trata del personaje interpretado por Javier Gutiérrez, que arrastra un pasado cuyos signos se reflejan en su alcoholismo y degeneración física.  El otro agente al que da vida Raúl Arévalo,  es un policía con aspiraciones de convertirse en protector de la justicia; de carácter familiar, más sensible quizás por menos baqueteado por la vida y con esperanzas en el reciente futuro en democracia. La metáfora de esas dos Españas en los dos personajes es cristalina y ambos se enfrentarán en su investigación, a un ambiente rural hostil que levantará las ampollas de una comunidad todavía anclada en los ideales pasados de unos y la excesiva libertad de otros al introducirse en el tráfico de drogas para salir de la pobreza.

La película se estrenó en el año de la reconciliación del cine español con cintas como “Ocho apellidos vascos” o “El niño”.

Es de destacar la impresionante fotografía de Alex Catalán que alcanza su máximo esplendor en las tomas aéreas digitalizadas e inspiradas en Héctor Garrido y que muestran un paisaje laberíntico en el que la verdad parece escabullirse delante de nuestras narices, como ocurre en las escenas de la persecución nocturna de un coche que desaparece en la densa lluvia llevándose consigo un trozo de esa verdad.

Lo mismo ocurre con la música de Julio de la Rosa que por momentos parece evocar al John Carpenter más inspirado.

En definitiva “La isla mínima” es una de esas películas que debería servir para convencer a aquellos que aún tienen perjuicios hacia el séptimo arte de este país. Radiografía de una época que casi sigue siendo la nuestra, donde la belleza paisajística no disimula los lodazales enfangados de la podredumbre humana. Muy potente, muy certera y arrolladoramente obstinada. Toda una experiencia cinematográfica.

Sin duda muy recomendable y como siempre la tenéis en la biblioteca. Podéis pasar a buscarla ahora mismo. DVD PE 4272.

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RECOLECTURAS – Trilogía Las chicas de campo

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«Todos nos abandonamos en algún momento. Morimos, cambiamos (sobre todo esto último), dejamos de sentir afinidad con nuestros mejores amigos; pero, aunque te abandone algún día, te habré transmitido una parte de mí; serás una persona distinta por el hecho de haberme conocido, es inexorable…»

Hoy en nuestra sección, la trilogía Las chicas de campo (Las chicas de campo, La chica de ojos verdes y Chicas felizmente casadas) de la escritora irlandesa Edna O’Brien.

La primera de ellas ya fue reseñada en este blog por mi compañera Olivia hace un par de años. Yo les tenía muchas ganas a estas chicas, y estas vacaciones por fin les he hincado el diente; y el bocado me ha parecido tan exquisito, que no quería dejar de pasar la ocasión de hablar de esta gran trilogía.

A lo largo de esta serie vamos a conocer en profundidad a las dos protagonistas (Caitleen, también conocida como Kate, y Baba) y las vamos a acompañar en su periplo desde que son unas niñas en la Irlanda rural de los años 50; pasando por Dublín, ciudad a la que emigran con la esperanza de encontrar una vida mejor, lejos del asfixiante ambiente rural; para terminar en Londres, como «chicas felizmente casadas».

Lo primero que llama la atención de esta relación de amistad es la enorme diferencia que existe entre ambas. Si Kate (narradora en primera persona de las dos primeras partes y al alimón con Baba de la tercera) es, en palabras de su propia amiga: buenaza, tranquilona, ñoña, reservada; Baba es todo lo contrario: extravertida, egoísta, caprichosa, y con un punto de maldad. Quizás por eso se complementen tan bien, aunque a veces su relación pueda parecer más una relación de dependencia, en el caso de Kate, y de conveniencia, en el caso de Baba.

Este es el punto que me ha parecido más interesante de la trilogía, la disección psicológica y social de los personajes. El hecho de cómo los condicionantes externos determinan en muchos casos la personalidad.

Kate se cría en una familia con graves problemas económicos, a causa del alcoholismo del padre, y cuyo asidero es su madre que le inculca fuertes valores cimentados en el catolicismo irlandés (la autora nació en una pequeña localidad rural del oeste de Irlanda y creció en la oprimente atmósfera del nacionalcatolicismo irlandés de los años cuarenta, por lo que podríamos decir que esta trilogía tiene tintes autobiográficos, dada la similitud de O’Brien con los personajes principales, siendo Kate su yo más racional y Baba su yo más alocado y espontáneo: «Baba es como mi alter ego. Yo era obediente, amable, me desvivía por hacer lo que me ordenaban. Me castigaba por decir palabras como eyaculación, pero había otro lado en mí, un lado más rebelde, perverso. Baba es mi yo secreto»). Baba, en contraposición, no tiene los problemas económicos de Kate, pero el ambiente familiar en el que se cría, con una madre frívola, un padre prácticamente ausente, volcado en su trabajo como forma de huir de un matrimonio fallido, hace que se críe como una niña mimada y consentida. Esta forma de ser tan diferentes también las determina en sus relaciones amorosas. Si Kate siempre se enamora de hombres mayores, con un amplio bagaje intelectual y cultural, pudientes (quizás busca sentirse protegida y suplir  la figura paterna que nunca tuvo), Baba se acerca a los hombres por conveniencia, como casi todo en su vida. Lo que busca es seguridad económica para llevar la vida cómoda que anhela (de hecho termina casada con un ostentoso constructor, un nuevo rico, que le da la vida de lujos que desea, aunque sumamente insulsa y aburrida): «Hace poco nos lamentábamos Kate Brady yo de que nada nunca iría a mejor en nuestras vidas, de que moriríamos en el mismo estado en el que nos encontrábamos: bien alimentadas, casadas, insatisfechas».

Por otro lado es muy interesante la descripción de los paisajes y del ambiente rural de la Irlanda de mediados del siglo XX. En determinados aspectos narrada de manera preciosista y bucólica, que nos evoca esa maravillosa película de John Ford, «El hombre tranquilo». En contraposición, el ambiente asfixiante e hipócrita del catolicismo irlandés (para la autora mucho más represivo que en Italia, España o Portugal), que acompañará a Kate a lo largo de toda su existencia, y determinará en muchos casos sus decisiones: siempre acompañadas de fuertes sentimientos de culpa, sobre todo en relación a los hombres y a las relaciones sexuales. En palabras de la propia autora: «Es la historia de dos chicas, pero en realidad, narra la historia de la Irlanda de esa época. Un país atrasado y represivo, especialmente en las zonas rurales»

A mí me ha encantado. Me he sentido en muchos aspectos identificada con Kate, y con aquellos sueños incumplidos cuando llegamos a la edad madura. Ninguna de las dos tiene una vida fácil, una quizás porque es demasiado analítica y autoexigente, en el caso de Kate, y otra, en el caso de Baba, porque no se toma la vida demasiado en serio y sus decisiones también acarrean graves consecuencias. Me ha hecho reflexionar el poso tan fuerte que deja en las personas el ambiente tan castrante de un catolicismo llevado al extremo; pero ante todo me ha gustado la relación tan estrecha de dos amigas tan diferentes a lo largo de los años; y como, en cierta medida, se necesitan la una a la otra y se complementan. Y todo ello narrado con una gran belleza, aunque lo que se cuente no deje de ser un drama (mientras lo leía pensaba que no es un texto apto si no estás atravesando por un buen momento en tu vida, porque te pone ante el espejo, de una manera cruda, sin florituras, con gran lucidez).

Destacar también la transgresión de estos libros, y la valentía de la escritora al escribirlos (no hay que olvidar que se escribieron en los años 60, con duras críticas a la religión, abordando temas como el divorcio, el sexo, el aborto, y la emancipación de la mujer). De hecho, el primero de ellos fue un escándalo en su país, y el párroco de su aldea quemó tres ejemplares en la plaza pública. Desde  mi punto de vista son unos libros muy feministas, el protagonismo es para las mujeres y quizás está escrito para las mujeres. Desde luego creo que nosotras lo vamos a entender mejor, al menos desde otra sensibilidad y perspectiva.

Edna O’Brien (Tuamgraney, Irlanda , 1930 -).  Es una escritora y guionista de cine irlandesa residente en Londres. Con una carrera extensa, con más de 30 títulos publicados (donde destaca la trilogía Las chicas de campo), nunca pierde de vista sus orígenes y sus gentes (Irlanda es el material básico con el que O’Brien ha construido sus novelas y sus celebrados relatos). Es admirada por escritores de la talla de Philip Roth (fallecido recientemente), Alice Munro y John Banville, entre otros; y ha sido premiada con numerosos premios de prestigio, como el Irish Book Awards.

Es el primer acercamiento que hago a esta autora (aunque estaba en mi punto de mira desde hace mucho tiempo, como dije al principio), y me ha gustado tanto que voy a repetir, menos mal que en la biblioteca tengo algunos más donde elegir.

Otros libros de Edna O’Brien en la Biblioteca Miguel de Cervantes:

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Algunos datos se han sacado del siguiente artículo: https://elpais.com/cultura/2013/11/13/actualidad/1384360964_388331.html

 

 

 

 

 

 

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